Transcordilleras 3 Días 2025
Tres días para volver a enamorarme de Colombia. Del calor de los cañones santandereanos al frío del páramo de La Rusia, a punta de pedal.
Tres días para volver a enamorarme de Colombia
Hay rutas que uno termina y olvida al poco tiempo. Y hay otras que se quedan metidas en la cabeza durante meses. Transcordilleras 3 Días 2025 fue una de esas.
Todavía hoy, cuando veo una foto del páramo de La Rusia, de las calles empedradas de Barichara o de los cañones inmensos de Santander, vuelvo a sentir ese cansancio en las piernas y esa emoción que solo entiende quien ha pasado horas y horas pedaleando por las montañas de Colombia.
Fueron tres días atravesando la Cordillera Oriental de sur a norte. Más de 320 kilómetros, cerca de 9.000 metros de desnivel acumulado y un recorrido que nos llevó desde el calor abrasador de los cañones santandereanos hasta el frío húmedo de los páramos boyacenses.
“Colombia no se conoce desde la ventana de un carro. Se conoce a 12 kilómetros por hora, respirando fuerte en una subida imposible.
La preparación: llevar lo justo para sobrevivir
Una travesía como esta se gana o se pierde mucho antes de la salida. Se decide en una mesa, eligiendo qué entra y qué se queda. Porque en el bikepacking cada gramo viaja contigo durante horas, y el espacio es mínimo: todo tiene que caber en una pequeña maleta de cuadro y aprovechar hasta el último rincón.
Aquí no sobra nada. Geles y barras calculados etapa por etapa, mezclas de hidratación y electrolitos para el calor, la ropa mínima para pasar del frío del páramo al horno del cañón, herramientas, repuestos y poco más. Saber elegir es parte de la carrera: llevar lo esencial para sostener el cuerpo kilómetro tras kilómetro, sin cargar un solo gramo de más.

El día que Santander nos dio la bienvenida
La salida en Girón tenía ese ambiente que solo se vive antes de una gran aventura. Bicicletas listas, nervios, expectativas y cientos de historias que todavía no habían empezado a escribirse. Los primeros kilómetros fueron una invitación a lo que sería la constante de toda la Transcordilleras: subir, bajar, volver a subir y repetir.
Pronto comenzamos a bordear el impresionante cañón del río Sogamoso. El paisaje parecía sacado de otro planeta. El calor empezó a apretar temprano: había momentos en los que el ciclocomputador marcaba cerca de 35 grados y la sensación era estar pedaleando dentro de un horno. Pero cada vez que levantaba la cabeza aparecía un paisaje que hacía olvidar el sufrimiento.
Santander, entre mas lindo el paisaje, más duro es el camino.

Zapatoca apareció como un oasis en medio de las montañas. Aire fresco, calles tranquilas y la sensación de haber conquistado algo importante. Después vino otro regalo de Santander: un descenso espectacular hacia el cañón del río Suárez. Y entonces apareció Barichara.
Llegar a Barichara en bicicleta es diferente a llegar de cualquier otra forma. Después de tantas horas de esfuerzo, entrar por sus calles de piedra, ver las fachadas blancas iluminadas por el sol de la tarde y sentir el ambiente tranquilo del pueblo fue una recompensa enorme. Ese día entendí por qué tantas personas lo consideran el pueblo más bonito de Colombia.


La Roca RS respondió mejor de lo que esperaba
Asfalto rápido, carreteras rotas, gravilla, descensos técnicos y kilómetros interminables de montaña. La bicicleta siempre transmitió confianza.
En las subidas largas se sentía eficiente y reactiva: cada pedalazo parecía transformarse en avance real, algo fundamental cuando llevas varias horas acumuladas de esfuerzo. Pero fue en los descensos donde realmente me enamoró —estable, noble y segura—. Nunca tuve esa sensación de estar peleando con la bicicleta. Al contrario: parecía que simplemente quería seguir avanzando.
Conocer la Roca RS →La etapa que nos rompió las piernas
Si el primer día había sido espectacular, el segundo sería recordado por una sola palabra: sufrimiento. Salimos de Barichara antes de que el pueblo despertara completamente. Las piernas todavía cargaban el desgaste del día anterior, pero sabíamos que lo más duro estaba por venir.
La etapa arrancó cruzando el río Suárez para subir hacia Galán: cinco kilómetros al 6,2% que parecían un simple calentamiento. Un inicio engañoso, porque lo que pintaba suave terminó siendo justo lo contrario.

Después de bajar de Barichara, a los 20 kilómetros nos encontramos con una de las subidas más duras que hemos hecho en la vida: una placa huella con una inclinación descomunal. No existía relación de bici de gravel preparada para semejante pared. No había descanso. Pedaleábamos a 50 de cadencia, metro a metro, con la vista clavada en el cemento.
Fue tan brutal que muchos llegaron de noche a la meta porque terminaron caminando la placa entera. Y ahí estaba la trampa: una vez ponías pie a tierra, volver a montarte era casi imposible. Así que no quedaba otra que seguir, aunque las piernas gritaran en cada pedalazo.
“Hubo un punto en que dejé de pensar en la meta. Solo pensaba en llegar al próximo árbol. Al siguiente poste. A la siguiente curva.
Y entonces, por fin, se acabó la pared. Coronamos la placa huella con una sonrisa que no cabía en la cara: sabíamos que lo peor ya había quedado atrás. Solo faltaban los últimos 15 kilómetros para entrar a Charalá, y esos los pedaleamos ligeros, con el corazón lleno. Ese día terminé completamente vacío. Pero también profundamente feliz.

El páramo de La Rusia y el corazón de los Andes
La última etapa era la más esperada. Y también la más temida. Nos esperaba el páramo de La Rusia y, con él, la entrada a Boyacá. Después de dos días durísimos, arrancábamos con el cansancio acumulado en cada fibra de las piernas, sabiendo que teníamos por delante un día entero de ascenso.
El día empezó saliendo de Charalá con un calor sofocante y, de inmediato, con roca de río enorme bajo las ruedas. Encontrar un ritmo era casi imposible: por el tamaño de las piedras la bicicleta rebotaba sin parar, y llegaron los primeros momentos de estrés y frustración. Y apenas estábamos empezando.

Poco a poco el clima fue cambiando. Del calor sofocante del valle pasamos al frío indomable del páramo. Los vatios caían por el cansancio y la altura, pero alrededor la inmensidad se hacía montaña: territorios poco habitados, el paso entre árboles y frailejones, y ese paisaje bravo que se disfruta aunque las piernas ya no den más.

Los frailejones comenzaron a aparecer y el viento frío nos recordó que estábamos entrando en uno de los ecosistemas más importantes y hermosos de Colombia. Algunos puntos de esta región superan ampliamente los 3.700 metros de altitud. Uno de los momentos más especiales fue pasar junto a la comunidad taoísta asentada en estas montañas: el silencio, la neblina y las montañas creaban un ambiente casi mágico. Llegó un momento en que parecía que estábamos pedaleando por encima de las nubes.

Cuando alcanzamos la parte más alta del páramo sentí algo que pocas rutas logran generar: gratitud. Por estar ahí. Por tener salud para pedalear. Por compartir la montaña con amigos. Y por vivir en un país que tiene lugares así. Después vino el descenso hacia Paipa. Y aunque las piernas ya no daban para mucho más, el corazón iba lleno.
Las medallas se guardan en un cajón. Las fotos terminan en un disco duro. Pero la sensación de cruzar la Cordillera Oriental a punta de pedal queda para siempre.
Transcordilleras nunca se trató de kilómetros o desnivel. Se trató de conocer Colombia con el medio de transporte más simple que existe: una bicicleta.


